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El Hierro: tranquilidad, naturaleza y calas

Ajena a las estaciones y al bullicio del resto de las Islas, El Hierro, con consideración de Reserva de la Biosfera por la UNESCO, se convierte en la más pequeña y rica en paisajes y ecosistemas únicos. ¿Y qué mejor manera que despedirnos del verano que con una cerveza y una tostada de queso herreño? Por ello, te traemos una guía sencilla que invita a soñar entre las calas y los volcanes durmientes de la isla más occidental.

Ventanas al paraje herreño

El escarpado terreno y los abruptos acantilados de El Hierro nos han dejado vistas de la isla (y las vecinas) imposibles de perderse. Y, por ello, si algo tiene esta Isla, son miradores en cada rincón.  Con vistas panorámicas al valle del Golfo y los roques de Salomor, a 700 metros de altura, se encuentra el Mirador de La Peña. Sin embargo, su grandeza toma peso al incluir un edificio con ventanales y jardines que rodean un restaurante de carta gastronómica canaria, obra del lanzaroteño César Manrique,  y ser espacio natural de la Isla. Pero este no es el más elevado. A 1500 metros y tras medio día cantando a pleno pulmón entre los pinos del municipio El Pinar, el mirador de Malpaso nos ofrece vistas desde el punto central del vértice del acantilado de Macafete: el pico más alto de la Isla.

En el norte, el mirador de Las Playas no abre sus ventanas hacia el roque de La Bonanza y a una bahía virgen bañada por el océano atlántico. Y, si tienes suerte y el cielo está despejado, podrás divisar Tenerife y La Gomera.

Los mejores bocados

Lo descubrimos nada más llegar, de camino entre Valverde y Mocanal. Con ganas de probar el queso de la Isla y conocer el ambiente local, paramos en el restaurante El Encuentro, que ofrece comida casera y menús diarios de todo tipo. Pero prometemos que su rica oferta culinaria no será lo único que te hará estacionar en él, sino la sensación hogareña que desprende. Alguna que otra charla y cerveza más tarde, Santi, quien resultó ser grancanario y su dueño, nos había contado cómo había dejado atrás la Isla capitalina por una herreña.

A diez minutos de este, el gofio dulce gratinado con queso y mojos y el peto con salsa de soja y naranja del restaurante El Mirador de la Peña fue lo que terminó por conquistar nuestros corazones. Las vistas, el sabor de la gastronomía local y el ambiente hacen de la cena una experiencia inmejorable.

Calas, calas y más calas…

A pesar de que la Isla guarde alguna que otra playa de arena volcánica impresionante, así como el contraste de la claridad del agua con la roca y arena roja de la playa de Tecorón, son las aguas cristalinas que bañan sus calas las que destacan en los feeds de aquellos que la han visitado. El charco de los Sargos, el Charco Azul o El Manso. Darnos un baño en cualquiera de sus apacibles aguas solo nos permitirá extender esa tranquilidad que transmite El Hierro.

La vida a orillas del mar

Vivimos en islas y tenemos la suerte de que podamos divisar el horizonte sobre el mar la mayoría de las veces, pero no cualquiera puede tocarlo al salir de casa. Un pueblo de casas de piedra negra y tejados de paja. Así es Pozo de las Calcosas: una pequeña bahía natural cerrada por un acantilado que divisa cómo la construcción ancestral de la Isla reposa al borde del agua de su piscina natural. Un escondite de postal.

Riqueza natural

La riqueza y diversidad natural hace que sus parajes sean ideales para practicar senderismo y recorrer rutas entre ellos. Perderse entre la roca volcánica te permitirá encontrar tesoros que solo puede ofrecer esta Isla. Como El Garoé, conocido como el árbol sagrado de los bimbaches, los primeros habitantes de El Hierro; o las retorcidas sabinas que recurren a los nudos de madera como protección ante los vientos alisios.

El último atardecer

La fusión de la naturaleza salvaje y la luz tenue y cálida de los atardeceres es nuestro momento favorito en El Hierro. Y es que da igual donde lo veas, porque siempre te dejará sin palabras. Pero, sin duda, una parada obligatoria es el pueblo pesquero de Las Puntas. Probablemente hayas oído hablar sobre el hotel más pequeño del mundo. Bien, pues se encuentra justo ahí: en el extremo nordeste. Al lado del vaivén de las barcas al ritmo de la marea y el aleteo de las aves que recorren el pueblo desde el aire. Ahí encontrarás la magia herreña en su esplendor.

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