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Próximo destino: Tenerife

La brisa primaveral entró por la ventana con la esperanza de encontrarse a alguien a quien molestar con su frío, pero allí no había nadie. Las puertas estaban abiertas de par en par y no volverían a cerrarse. Los aviones aterrizaban y la isla saludaba a aquellos extraños que, pronto, dejarían de serlo.

Nuestros protagonistas, sin embargo, conocían muy bien aquel suelo que estaban pisando, aquellas montañas que divisaban en el horizonte y el mar que parecía fundirse junto a la tierra, convirtiéndose en uno. Comenzaron a mirar su hogar de una forma diferente. Como si fueran unos turistas más de los que se encontraban en aquel aeropuerto de densa niebla, saludando a su destino con ganas de conocer más y más de ese lugar nuevo y desconocido, de ese mundo hasta entonces inexplorado. 

Había tantos sitios que visitar, tantos recuerdos que rememorar dibujados en cada paisaje, tantas personas que abrazar… ¿Qué sería lo primero que harían? Como la ilusión de un niño abriendo un regalo el día de su cumpleaños, dejaron que la isla les sorprendiera como si fuera la primera vez que pisaban aquel lugar.

Sentirse queridos y seguros en lo que, para otras personas, puede ser un simple trozo de tierra. Esa es la capacidad que tiene un hogar de hacer sentir a las personas que viven en él. No solo abraza a sus habitantes, lo hace con los que se fueron y vuelven de visita, los que llegan en busca de un sueño o los que solo están de paso pero prometen volver.

Se miraron y no hubo ninguna duda. Lo primero que harían sería visitar su guachinche favorito que, sabían, pronto se quedaría sin vino y cerraría hasta la siguiente temporada. Habían disfrutado de magníficas gastronomías que reflejaban las distintas culturas del mundo pero, sin duda alguna, aquellos platos que se les presentaron en un pequeño rincón del norte de la isla, reflejaban que sus viajes siempre iban a tener el mismo destino: Tenerife.

Y junto con el somnoliento airecillo de la tarde, decidieron que la naturaleza sería la próxima en acogerlos bajo la sombra de sus pinos, que habían sobrevivido incontables hazañas y lo seguirían haciendo mucho después de ese día. ¿Cuántas historias habrán observado esos pasivos y silenciosos acompañantes? El frío de las alturas ya no les molestaba porque sabían que podían encontrarse con el calor del sol en cualquier momento. Solo tenían que salir a buscarlo.

Se reencontraron con algunas de las personas con las que habían compartido vuelo. Estaban diferentes. Pero, ¿cómo no estarlo en aquel lugar? Hablaban de las leyendas que se habían sucedido a lo largo de los siglos y cuentos que se escondían bajo aquella tierra que crecía desde lo más profundo del mar. Vigilados eternamente por la sombra de un padre, la tierra de los volcanes sorprende con una nueva historia en cada esquina. Desde cómo nuestros antepasados fueron testigos de la furia de Guayota, pasando por la victoria de batallas a base de piedras y lanzas, hasta poetas que defendieron la belleza de una isla a veces maltratada.

Y el mar, siempre presente en la mente de los isleños y sus visitantes, fue su siguiente destino. Ya no corrieron en contra de la marea y dejaron que el agua fría mojara sus pies y estos se fueran enterrando poco a poco en la arena. Prometieron ponerse protector porque el sol, igual y a la vez diferente que en el resto del mundo, saludaba fuerte y feliz de volver a verlos. Y cuando se despidió de ellos, hundiéndose en el mar, la esperanza de volver a verse al día siguiente se les quedó grabada en un alma llena de salitre y promesas.

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