Píntame un poema

Arte. Siempre vamos en su búsqueda, pero ¿y si nos pidieran definirlo? ¿Qué diríamos? Según la RAE, es la manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros. ¿No les parece algo mucho más complejo como para reducirlo a una sola frase? Abstracto, contemporáneo, rupestre, moderno, callejero, renacentista, cubista, impresionista o romántico. Antiguo o neoclásico. De mármol, al óleo o poético. Las obras de las que se hacen eco en las grandes ciudades y perseguimos para conseguir la foto de turno o los cuadros colgados en la galería del final de tu calle. La canción que compone tu prima amante de la guitarra o la ilustración que le encargas a la estudiante de Bellas Artes. Pliés en quinta posición en ballet clásico o un cross walk en hip hop.

“Los ojos son la ventana al alma. Son mi forma de expresar mis emociones, cuando era pequeña me operaron y me quedé sorda por un tiempo, como no podía escuchar me quedaba mirando, confiaba en los ojos de las personas”. Así es como Amy Adams interpretaba a Margaret Keane en un Big Eyes de Tim Burton, inspirada en la artista estadounidense reconocida por sus pinturas de personajes con ojos grandes. Buscamos con los ojos constantemente obras artísticas que nos inspiren. Cuando podemos oírlas o palparlas. Sin embargo, muchas veces no sabemos interpretar esas emociones. Por ello, y como celebración del arte en todas sus formas, hemos recopilado algunas piezas poéticas inspiradas en otras grandes obras: algunas con las que tendremos nuestra primera cita y otras con las que, quizás, ya hayas salido. Un arte que explica otro arte. Porque, a veces, entendemos mejor las emociones al ritmo de versos y prosa.

La Noche Estrellada de Anne Sexton
‘La Noche Estrellada’, Vicent Van Gogh

La ciudad no existe
salvo allí donde un árbol de pelo negro
se remonta como una mujer ahogada hasta el cielo encendido.
La ciudad está en silencio. La noche bulle con once estrellas.
¡Oh, noche estrellada! Así quisiera
yo morir.

Se mueve. Todas están vivas.
Hasta la luna se hincha 
en sus grilletes anaranjados
para apartar a los niños, como un dios, de su ojo.

La vieja serpiente invisible engulle las estrellas.
¡Oh, noche estrellada!
Así quisiera yo morir:

bajo la impetuosa bestia del nocturno manto,                                                                                                         

succionada por ese dragón  inmenso, para separarme

de mi vida sin bandera,
sin vientre,
sin llanto”.

Desnudo Descendiendo una Escalera de Joseph Charles Kennedy
‘Desnudos descendiendo una escalera’, Marcel Duchamp

 

“Dedo a dedo, un nevado alud de carne,

Cáscara de limón, mujer pendiente,

Se dispersa en la luz por la escalera

Sin nada encima. Encima, nada en mente.

Espiamos tras la barandilla el firme

rastrillar de sus piernas y pedazos;

los labios dejan rastro en el aire

que se parte a sus partes y a sus pasos.

Esta cascada de mujer ostenta

Su descanso pausado, capa y horma,

Y al detenerse en el postrer peldaño

Ciñe sus movimientos a su forma”.

 

 

Barbán de Castro sobre la Catedral de Málaga
La Santa Iglesia Catedral Basílica de la Encarnación de Málaga

“De este modo, se ve graciosamente acompañada la capilla mayor, que tiene de longitud veintisiete varas y media, y la latitud correspondiente a la nave en que está, que es la mayor; y está hermoseada, por lo interior, de varios adornos de escultura, pintura y molduras doradas. Su arquitectura toda es romana, tan bien ejecutada, que no encuentra el arte cosa alguna que tachar”.

 

Claroscuro de Cristina Peri Rossi
‘La Encajera’, Jan Vermeer de Delft

“La aplicación de las manos

De los dedos

La concentrada inclinación de la cabeza

El sometimiento

Una tarea tan minuciosa

Como obsesiva

El aprendizaje de la sumisión

Y del silencio

Madre, yo no quiero hacer encaje

  No quiero los bolillos

  No quiero la pesarosa saga 

No quiero ser mujer”.

 

Cuatro chopos de Octavio Paz
‘Les quatre arbres”, Monet

 

 

 

 

“Es real lo que veo:

cuatro chopos sin peso

plantados sobre un vértigo.

Una fijeza que se precipita

hacia abajo, hacia arriba,

hacia el agua del cielo del remanso

en un esbelto afán sin desenlace

mientras el mundo zarpa hacia lo obscuro”.

 

 

Al ‘David’ de Miguel Ángel Buonarroti de Silvia Paton
‘El David”, Miguel Ángel Bunarroti © Getty Images

 

“Coloso florentino que figura

entre los símbolos de la moderna

resistencia; personaje en eterna

lucha contra su venial envoltura.

 

Saca del mármol su grave hermosura

y toda su robustez sempiterna

de aquel cincel y la mano paterna

que idease su inalcanzable altura.

La honda sostiene con mirar profundo;

el ceño fruncido, en tensión el gesto

y toda su nobleza equilibrada.

 

Quisiera de su pedestal, rotundo,

desprenderse por su realismo honesto;

que lo entorpece su forma tallada”.

 

 

Las musas inquietantes de Silvia Plath
‘Las musas inquietantes’, Chirico

“Un día desperté para verte, madre,

Flotando encima de mí, por el aire más azul,

En un globo verde brillante, con un millón

De flores y de petirrojos azules que jamás,

Jamás ha visto nadie en ninguna parte.

Pero el pequeño planeta desapareció de repente

Como una pompa de jabón cuando tú gritaste: ― ¡Ven aquí!

Y yo volví a hacer frente a mis compañeras de viaje.

Día y noche, a los pies y a la cabecera, a ambos lados de la cama,

Las tres me vigilan vestidas con sus túnicas de piedra,

Sus rostros en blanco, como el día en que nací.

Sus sombras se alargan en el sol del ocaso

Que nunca se vuelve más brillante ni termina de ponerse.

Sí, éste es el reino al que me engendraste,

Madre, Madre. Pero no voy a fruncir el ceño

Para no desvelar la relación que mantengo”.

 

 

El hombre de la guitarra azul de Wallace Stevens
‘El viejo guitarrista ciego’, Pablo Picasso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Pero tocar al que es número uno,
atravesar con el puñal su pecho,

exponer en la tabla su cerebro,
distinguir y tocar sus tomos acres,

clavar su pensamiento en el portón,
a lluvia y nieve abriéndole las alas,

golpear sus vivos holas y sus risas
y tocarlo, atacarlo, realizarlo,

percutirlo desde un salvaje azul
con las sonaras cuerdas de metal…”.

 

 

Notre-Dame de Paris de Victor Hugo
Catedral de Notre-Dame © Getty Images

“Nuestra Señora de París no es de pura raza románica como las primeras ni de pura raza árabe como las segundas. Es un edificio de transición. Cuando el arquitecto sajón acababa de levantar los primeros pilares de la nave, la ojiva, que venía de las cruzadas, surge conquistadora y triunfante sobre los amplios capiteles románicos, que estaban preparados para soportar únicamente arcos de medio punto y dueña ya desde entonces, campeó por el resto de la iglesia. Poco experta y tímida en sus inicios, se ensancha, se contiene y no se atreve aún a manifestarse lanzándose y elevándose en flechas y en lancetas como lo harán más adelante tantas y tan maravillosas catedrales”.

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